
El barrio
siempre despierto
La plaza del Dos de Mayo, la calle de la Palma, la calle Velarde. En unas pocas manzanas de Malasaña se abrieron a finales de los setenta los bares donde la noche de Madrid aprendió a ser libre: pistas donde nadie pedía explicaciones y casas donde la pintura, la música y la fiesta eran la misma cosa. El Malasaña lleva el lavanda de la pista a las dos de la mañana y, en las marcas del segundero, el topo del Rastro, que es donde acaba la noche











